GRANITE & RAINBOW MAGAZINE | RESEÑA SR. ESPERANZA | 29/10/2015 | POR SERGIO SANCOR

"La vejez en sus infinita formas, que en cada pliegue, conservan las grietas que han ido quebrando, más todavía, los aires gélidos del paisaje. Una mezcla fortuita y llena de una potencia que no he observado en muchas novelas gráficas. Ese poso que se queda cuando, en un fundido en negro, recuperamos cada uno de los momentos que hemos vivido al lado de alguien."

29/10/2015. Por Sergio Sancor

La vida de la novela gráfica ha pasado desapercibida en nuestro país. Mucho más la del mundo underground. Novelas, ensayos, cuentos o relatos breves son los géneros más consumidos, dejando de lado a un medio como éste que, combinando imagen y texto, deforma la realidad o nos la presenta en su formato más cruda. Es como si, al igual que sucede con la vejez en la sociedad, se mirara para otro lado y se pensara que la existencia de la novela gráfica importa poco. La encontramos, de hecho, alejada de las luces de las librerías y escondida en las sombras de cualquier estantería por la que es casi imposible pasear si no la hemos buscado de antemano. En esos viajes, en ese ir y venir, encontraremos títulos que nos sorprenderán, que en su unión perfecta entre ilustración y grafía, dejarán en evidencia lo que ya presuponía: que la novela gráfica vive sus mejores momentos.

“Treinta personas muertas en un accidente en la central nuclear de...”. Estas son las primeras palabras que nos despiertan en Sr. Esperanza, como si al amanecer lo único posible fueran las malas noticias, las que nos devuelven a la realidad tras el sueño que repara. Pero he dicho palabras, no sensaciones. Ese continuo viaje que, recorriendo el cuerpo, consigue reflejar en nuestros ojos emociones que aquí vienen de la mano de los golpes de color que Tommi Musturi impregna en sus viñetas. Emociones, decía, que como las estaciones azotan el cuerpo. Emociones, me reitero, que en una cabaña de una zona islandesa cualquiera, nos mostrarán la vida de un matrimonio que, ya en la vejez, en esa edad olvidada y tendente a la autocompasión, parecen haberse perdido el uno al otro. Dos personas que seremos nosotros algún día. Un hombre y una mujer, aunque acompañados, vivirán el aislamiento, el paso del tiempo, el reloj que agota el tiempo que puede encerrarse en un pensamiento. No en vano, las primeras palabras que observamos en el protagonista son “Qué vacío me siento” mientras en el periódico las páginas pasan y la vida, tras la ventana, va dejando su estela de vida desaprovechada.

Pero el pesimismo se agota entre las arrugas de la vejez. Cuando todo está hecho, ya nada importa. Sólo el pasar. Sólo el permanecer. Sólo el día a día que no tiene un sentido. Y el disfrutar de lo que queda, mientras la verdad se nos aparece de diferentes formas. Porque no es cierto que en los sueños no se esconda la realidad. Lo hace aunque disfrazada. Aquí lo hace. Sí. En metamorfosis, en vidas pasadas, en dibujos que con su color ya implican un significado, en juegos de cartas con la muerte que se ríe de nosotros. Y a pesar de todo, aunque al despertarnos lo único que sintamos sean unas ganas de mear terribles, lo que habremos vivido con esta historia, en los ojos de este matrimonio, será la revelación absoluta de que la vida, tan puñetera y llena de olvidos, ha sido vivida pese a todo. O, precisamente, por todo.

“Mañana, tarde, día, noche / llegar y partir / estar continuamente / en algún lugar, siendo algo, de alguna manera”. Observamos el paso del tiempo. Un juego infantil divertido a veces, macabro otras, entre lo onírico –plagado del deseo de los recuerdos– y lo que podemos tocar –sin llegar a ser la verdad completa– mientras en el suceder de las páginas el color se convierte en un protagonista principal, al igual que la naturaleza, como en un rectángulo. La interacción de sus lados, unidos por los vértices, convierten a Sr. Esperanza en vida y muerte, en esperar o actuar, en batalla y paz, mientras nuestros ojos se convierten en espectadores del ocaso de la vida. La vejez en sus infinita formas, que en cada pliegue, conservan las grietas que han ido quebrando, más todavía, los aires gélidos del paisaje. Una mezcla fortuita y llena de una potencia que no he observado en muchas novelas gráficas. Ese poso que se queda cuando, en un fundido en negro, recuperamos cada uno de los momentos que hemos vivido al lado de alguien.

El amor no es abstracto aquí. Se esconde en el transistor que escucha nuestro hombre, en el colchón que comparte con su mujer, en el sonido de una hoja que cruje al pisarla, o en mirar el paisaje. La vida contemplativa, tan denostada pero necesaria. Como un Thoreau de los viejos tiempos, pero actualizado. Aunque el tiempo sea implacable y no devuelva más que en forma de pasado lo que ya no se puede recuperar. Viajamos, lo hacemos sin parar en esta historia. Y lo hacemos sin pretenderlo, abriendo los ojos, captando cada uno de los matices. Porque como ya dijera Sartre, el ser humano está condenado a ser libre y, en esa libertad, escogeremos existir o simplemente dejarnos llevar. O quizás simplemente encadenarnos a una realidad tan viva como lo está esta obra.